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La Soberanía de Dios en la Salvación (Romanos 9:1-24)

Introducción

Al acercarse el tiempo en que mi seminario de entrenamiento llegaba a su fin, tenía que pensar en lo que haría después de la graduación y dónde desarrollaría aquello que deseaba hacer. En mi mente había determinado que Houston, Texas, era uno de los lugares donde no deseaba ir. Aunque siempre decía que Houston estaba fuera de mi planes, de alguna manera pensé seriamente que no consideraría ninguna solicitud que viniera de allí. En ese tiempo, internamente saqué a Houston de la lista negra que había hecho en mi corazón: “Está bien, Dios. Incluso consideraré Houston”, suspiré. Esa noche, un grupo de Houston me telefoneó, a quienes nunca había contactado. Aún cuando consideré la oportunidad de ministrar allí, debo admitir que sentí bastante alivio cuando no se materializó.

Aunque nos gusta creer que estamos completamente sometidos a la soberanía de Dios, virtualmente todos tenemos algunas áreas que conciente o inconcientemente hemos rodeado con una reja, como si Dios pudiera ser ‘soberano’ sólo en algunas áreas de nuestra vida y no en otras. La mayoría de los cristianos profesan creer en la soberanía de Dios, pero se rehúsan a concederle que obre en algunas áreas. Generalmente, la muerte es asignada a la categoría de la soberanía de dios, pues no tenemos control alguna sobre ella. Los desastres son considerados materia de la soberanía divina sobre los cuales incluso los incrédulos se refieren a ellos, como ‘obras de Dios’.

La mayoría del evangelicalismo se rehúsan a otorgar su obra a la soberanía de Dios cuando llegan a la salvación de los pecadores, aunque ese rechazo podría cambiar el hecho de Su soberanía. Están deseando conceder a Dios la gran parte del crédito por el trabajo de Cristo en la cruz y la del Espíritu Santo, en llevar a los hombres a la fe. Pero no admiten que Dios está en completo control (pues esto es precisamente la soberanía —el completo control) de la salvación de los pecadores perdidos. Aunque asintamos que los hombres tienen un rol en este proceso, está absolutamente claro que Dios tiene el control, el completo control del proceso.

Este debate sobre la relación entre el rol que tiene Dios en la salvación y el que tiene el hombre, puede parecer como que está reservado sólo para los académicos. Pero esto no es verdad, pues la soberanía de Dios en la salvación es un doctrina demasiado importante, como lo señaló Martín Lutero:

“Por lo tanto, para el cristiano no es irreverente, inquisitivo o trivial, sino que útil y necesario determinar si la voluntad se involucra algo o nada en los asuntos relacionados con la salvación eterna… Si desconocemos estas cosas, no sabremos nada del resto de los asuntos cristianos, y serán peores que cualquier pagano… Por lo tanto, cualquiera que no las conoce, puede confesar que no es un cristiano. Pues si ignoro lo que puedo hacer, cómo hacerlo y cuán lejos puedo llegar en mi relación con Dios, será igualmente incierto y desconocido lo que Dios puede hacer conmigo, cuánto puede hacer Él por mí y cuán lejos puede llegar en relación conmigo… Y cuando la obra y el poder de Dios son desconocidos por mí, no puedo alabarlo, adorarlo, agradecerle y servirle, por cuanto desconozco lo que debo atribuirme a mí mismo y lo que debo atribuirle a Dios. Por lo tanto, nos corresponde a nosotros saber distinguir con certeza entre el poder de Dios el nuestro. Entre la obra de Dios y la nuestra, si deseamos vivir una vida en Él”57

¿Qué significa cuando decimos que Dios es soberano en la salvación? Charles H. Spurgeon lo ha señalado, al igual que puede ser señalado por los hombres:

“Primero, entonces, la Soberanía Divina Ejemplificada en la Salvación. Si cualquier hombre es salvo, lo es por la gracia divina y sólo por la gracia divina; la razón de su salvación no se encuentra en él, sino en Dios. No somos salvos como resultado de algo que hagamos o que deseemos, sino que haremos y desearemos como resultado de la buena voluntad de Dios y de la obra de Su gracia en nuestros corazones. Ningún pecador puede obstruir a Dios; es decir, el hombre no puede adelantársele, no puede anticipársele. Dios está siempre primero en la salvación. Él está antes que nuestras convicciones, antes que nuestros deseos, antes que nuestros temores y esperanza. Todo lo que es bueno en nosotros o lo será bueno, está precedido por la gracia de Dios y es el efecto de una causa divina en ella”58

“Nuevamente, la gracia de Dios es soberana. Lo que significa que Dios tiene el derecho absoluto de otorgar esa gracia donde Él quiera y para quitarla cuando Él quiera. No está limitado a darla a algún hombre determinado y menos a todos los hombres; si Él determina otorgarla a alguien en especial y no a otro, Su respuesta es: “¿Es tu ojo ruin porque el mío es malo? ¿No puedo hacer lo que yo deseo? Tendré misericordia con el que tendré misericordia”59

Las Escrituras dicen lo mismo, enfática y claramente:

“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).

“Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65).

“Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48).

“Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hechos 16:14).

“Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque del, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Hechos 11:34-36).

“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1ª Corintios 30:31).

“…porque estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

“Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5).

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2).

Aquellos que son salvos, los son porque Dios les ha elegido para salvación. El Espíritu Santo ha dado vida a un espíritu muerto y comprensión a una mente cegada por el pecado y por Satanás. Los que son salvos pueden decir que han elegido a Dios; pero sólo después que Dios les ha elegido para salvación:

“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15:16).

El otro lado de la ecuación, también es verdad. Aquellos que están perdidos eternamente, lo son porque Dios no los eligió para salvación:

“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad” (Isaías 6:8-10).

“Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella? También se le dio boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses. Y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo. Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos. También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida de Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:3-8).

“La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será” (Apocalipsis 17:8).

Se debe comprender bien lo que aquí se dice. Para ser salvos, los hombres deben confiar en Jesucristo, como la provisión de Dios para salvar a los pecadores que estaban perdidos. Y cuando lo hacen, es porque Dios les ha dado el corazón para hacerlo. Hombres que han ejercitado la fe fuera del corazón, Dios les ha hecho creer:

“Y circuncidará Jehová tu Dios t corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deuteronomio 30:6).

“Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33).

De la misma manera, cuando los hombres están eternamente perdidos, se debe a que han elegido rechazar la revelación de Dios (Romanos 1:8ss) y Su provisión para la salvación en Jesucristo. ¿Por qué los pecadores se van al infierno? Mueren porque no han elegido a Dios. También porque Dios no les ha elegido para rescatarlos de su pecado y de su rebelión. En términos más simples, los hombres no sólo van al infierno porque Dios lo ha decretado, sino porque lo merecen (ver Apocalipsis 16:4-7).60

Muchos textos como los citados anteriormente, reflejan claramente que la salvación no es obra nuestra, sino de Dios y que nosotros no contribuimos en nada a lo que Él todavía no nos hada dado mediante Su gracia. En esta lección, prestaremos nuestra atención que establece con mayor fuerza que los ya leídos, la soberanía de Dios en la salvación. La soberanía de Dios en la salvación, se puede inferir de varios textos bíblicos y se establece claramente en otros. Pero el Capítulo 9 de Romanos, está dedicado a establecer la soberanía de Dios en la salvación. Es el tema del texto y la conclusión de todo el Capítulo. No está simplemente implícita o levemente señalada; sino que es declarada, probada e incluso defendida en contra de las objeciones populares de esta verdad. Es por esta razón, que veremos la inspirada lógica de Pablo a través de los primeros 24 versículos de Romanos 9.

La Deplorable Promesa de Israel
(Romanos 9:1-5)

“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón, Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, bendito por los siglos. Amén”

En los primeros ocho Capítulos del Libro de Romanos, Pablo establece la explicación más detallada y racional del evangelio de Jesucristo. Entre Romanos 1:18-3:20, Pablo establece la doctrina de la depravación humana —esa condición pecadora y caída de todo ser humano, sin excepción— que ubica a los pecadores bajo la sentencia de la condenación divina, sin esperanza de salvación aparte de la intervención divina. Entre Romanos 3:21-5_21, Pablo explica la provisión divina en la los pecadores pueden ser justificados por fe en Cristo. En los Capítulos 6-8, Pablo habla de las implicaciones presentes y futuras de esta justificación por fe.

Hasta ahora, Pablo ha hablado tanto de judíos como gentiles como los receptores de la justificación por fe. En los Capítulos 9-11, demuestra que la incredulidad de los judíos y la salvación de los gentiles, no son evidencias de un error de la Palabra de dios, sino más bien a un cumplimiento inesperado; pero preciso, de Su Palabra. En el Capítulo 9, Pablo da a conocer que la doctrina de la elección es una manifestación de la soberanía de Dios en la salvación y que explica la incredulidad de muchos judíos y también la conversión de muchos gentiles. Para decirlo con simplicidad, aquellos muchos judíos (y gentiles) que han rechazado la obra de Jesucristo y que por lo tanto, están perdidos eternamente, son una ilustración de la soberanía de Dios en la salvación. Y aquellos gentiles (y judíos) que han llegado a la fe en Jesús, como el Mesías prometido, son salvos por la obra externa de la soberanía de Dios en la salvación.

Dos Observaciones Muy Importantes

Antes de considerar los detalles de este pasaje, se deben considerar dos observaciones muy importantes concernientes al texto como un todo. Estas observaciones son necesarias, debido a aquellos que no quieren reconocer la soberanía de Dios en la salvación (incluyendo especialmente la doctrina de la elección). Evitan evitar el tema, insistiendo que Pablo está hablando aquí de una elección corporativa y no individual, y que esta elección no está dirigida a la salvación o al tormento eterno, sino más bien a ciertas bendiciones. El texto nos obliga fuertemente a diferir con este punto de vista y a oponernos.

Primero, deberíamos observar que los versículos 1-5, reforzados por los versículos 22-23, insisten que se trata de la salvación y de nada menos. En términos simples, Pablo está hablando acerca del cielo y del infierno, quienes van allá y porqué. Pablo está muy desesperado porque sus hermanos israelitas están perdidos y bajo la condenación divina. ¿Por qué entonces dice que desea ser maldito, separado de Cristo, a favor de sus hermanos (Romanos 9:3)? La curación no debe ser más grave que la enfermedad y es así que vemos que la enfermedad es la de los condenados eternos.

Segundo, observamos que el texto no se trata acerca de una salvación colectiva, sino que de una individual. Decir que la salvación es colectiva, es no comprender que esto es precisamente lo que el pasaje rechaza. Los judíos amaban la doctrina de la elección, porque aplicaban equivocadamente la elección corporativa a la descendencia de Abraham.61 Creían que ellos eran los elegidos de Dios y todo el resto los no elegidos. Creían que todos los judíos irían al cielo y todos los gentiles al infierno. A unos pocos gentiles que primero tendrían que hacerse prosélitos, se les podría otorgar la bendición de irse al cielo. La elección, vista de esta forma, era un deleite para los judíos. Pero esta no es la elección que enseña la Palabra de Dios.

Esta es exactamente la clase de ‘elección’ a la que Pablo se opone. En Romanos 9, Pablo prueba que la elección de Dios no es corporativa y que no todos los descendientes físicos de Abraham y de Jacob (también llamado Israel), eran receptores de las prometidas bendiciones de Dios. El fallo de la nación de Israel con relación al Mesías, no fue un error de la Palabra de Dios, sino el de aquellos que presumieron que las benditas promesas de Dios, eran colectivas —con lo que se incluían en ellas a todos los judíos y excluían a todos los gentiles. Por lo tanto, en Romanos 9:6-18, Pablo cita tres ilustraciones de la elección individual de Dios: Isaac y no Ismael (9:6-9); Jacob y no Esaú (9:10-13) y Moisés y no el Faraón (9:14-18).

De acuerdo a lo que Pablo dice, el problema de la incredulidad judía (en Jesús como el Mesías) y de la creencia de los gentiles no se debe considerar como que si las promesas de Dios hubieran fracasado. Más bien, la bendición de salvación de Dios jamás se ha concedido sobre la base de lo que son o hacen los hombres. La salvación siempre ha sido sobre la base de la elección divina. Tampoco son elegidas las personas que son ‘merecedores’, porque las que ‘no lo merecen’, no lo son. Los que han sido elegidos, son los que no son merecedores de haberlo sido, los que cuya salvación se debe solamente a la soberana gracia de Dios. En este Capítulo de Romanos, Pablo insiste en que Dios por último determina el destino eterno de los hombres. Sólo aquellos que Él ha escogido le escogerán a Él. Aquellos a quienes Él ha rechazado, le rechazarán persistentemente. Dios elige a algunos para ser salvos y ordena la condenación eterna para el resto. En Romanos 9, Pablo no sólo demuestra la verdad de esta afirmación a partir del Antiguo Testamente; también manifiesta las objeciones que la doctrina de la elección provoca. Entonces las responde de un modo que defiende la doctrina de la soberanía de Dios en la salvación.

En los versículos 15, Pablo revela lo que su corazón siente con relación a sus hermanos israelitas. No escribe como un traidor a su nación, sino como un verdadero patriota. Él ama a sus hermanos israelitas y si pudiera, estaría dispuesto a sacrificar su vida por su salvación. Escribe con un corazón quebrantado y con un deseo sincero de ver a su pueblo salvo.

La condición espiritual deplorable de la nación de Israel, no se debe a una falta de exposición a Dios, sino que más bien es a pesar de los privilegios espirituales no paralelos que Dios se prodiga con los judíos. Su incredulidad, a pesar de tantos privilegios que Dios les ha otorgado, les separó de Él. Consideremos algunos de estos privilegios:

(1) Su adopción como hijos (su llamado a ejercitar que la soberanía de Dios gobierna sobre la tierra —Éxodo 4:22-23; 2 Samuel 7:12-6; Salmo 2:1-9; comparar con Romanos 8:18-25).

(2) La gloria (la revelación de la gloria de Dios a los israelitas —Éxodo 40:34-35; 1 Reyes 8:10-11).

(3) Los pactos (Génesis 12:1-3; 17:2; Deuteronomio 28-31).

(4) La entrega de la Ley (Éxodo 20ss; Deuteronomio 5ss; Salmo 147:19).

(5) El servicio del templo (Deuteronomio 7:6; 14:1ss; Hebreos 9:1-10).

(6) Las promesas de Dios (Hechos 2:39; 13:32-33; Gálatas 3:13-22; Efesios 2:12).

(7) Los patriarcas (Deuteronomio 7:8; 10:15; Hechos 3:13; Romanos 11:28).

(8) Los judíos (específicamente la tribu de Judá) son el pueblo del cual saldrá el Mesías (Génesis 12:1-3; 2 Samuel 7:14; Mateo 1:1-16; Lucas 1:26-33).

A pesar de sus tantos privilegios, la condición de Israel ilustra un principio muy relacionado con la doctrina de la soberanía de Dios en la salvación o, más sencillo, la elección divina: La salvación de Dios no está dirigida hacia los privilegiados, a quienes podríamos juzgar merecedores de la salvación, sino a aquellas almas patéticas que no son merecedoras de la salvación, a quienes el mundo incrédulo considera no merecedores de ella.

Los escribas y los fariseos no podían comprender la razón porqué Jesús les asociaba con los ‘pecadores’. La respuesta de nuestro Señor, no era la que querían oír:

“Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:29-32).

Las palabras de Pablo a los cristianos corintios, tampoco adulan a los santos, pues enfatizan que la salvación es el resultado de la elección de Dios y que aquellos que Él elige no son los que nosotros esperaríamos:

“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil de mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1ª Corintios 1:26-32).

En este texto se dicen dos cosas que debiera evitar que un cristiano se enorgullezca o crea que él tiene algo que ver en su salvación. Primero, es Dios quien lo ha hecho todo. Es ‘por Su obra’ que alguien es salvo (versículo 30). Es Él quien nos ha elegido (primero), no nosotros que le hayamos escogido a Él (Juan 15:16). Segundo, no nos atrevamos a jactarnos en nosotros mismos como cristianos, porque por lo general la gente que Dios elige es aquella que ha sido necia, débil y deshonesto (versículos 27-28). Si alguien se jacta en su salvación, se debe jactar en el Señor, pues la salvación es del Señor.

El error del judaísmo es haber pretendido que al haber tomado parte de los privilegios nacionales de Israel (los que se detallan en los versículos 4-5), les asegura de tomar parte en forma individual de la bendición de la salvación eterna. Juan el Bautista, atacó este error en los primeros tiempos del Evangelio:

“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aún de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego” (Mateo 3:8-10).

La salvación no está determinada por sus ancestros o por su raza; no está determinada sobre la base de algún privilegio que hayamos recibido. La salvación está basada solamente en la elección individual de Dios, que resulta en tener fe en Jesucristo, para el perdón de los pecados y el don de la vida eterna.

Hay quienes asumen erróneamente que el crecer en un hogar cristiano, les asegura la bendición de la salvación. Existen privilegios en el hecho de ser parte de una familia cristiana (ver 1ª Corintios 7:12-14); pero no hay seguridad en que por el hecho de haber crecido en una familia cristiana, le haga salvo. Muchos padres cristianos se sienten culpables si sus hijos no creen en Cristo; pero ellos no tienen control alguno sobre este asunto. Todo lo que pueden hacer es vivir su fe en obediencia a las Escrituras en el contexto familiar y reconocer que la salvación es del Señor. El crecimiento en medio de cristianos, no es garantía de salvación, de la misma manera que crecer en un ambiente pagano no le condena a uno a ser un incrédulo. De la misma forma como no debemos enorgullecernos de nuestra propia salvación, o de la de alguien más, tampoco debemos culparnos a nosotros mismos cuando aquellos que amamos rechazan el evangelio que nosotros hemos abrazado.

¿Salió Algo Mal en el Plan?
(Romanos 9:6-13)

“No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sin también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre.(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí”

Isaac, no Ismael
(Romanos 9:6-9)

Una primera mirada, nos sugiere que algo ha ido mal. Si muchos judíos están rechazando a Jesús como el Mesías y muchos gentiles están llegando a Él por medio de la fe, ¿no es lo contrario de lo que Dios prometió? ¿Ha ido algo mal en el plan de Dios? Con más precisión, ¿han fallado las promesas de Dios? ¿Ha fallado la Palabra de Dios (versículo 6)? Pablo nos informa inmediatamente que no ha habido falla alguna en la Palabra de Dios. Está pronto a probar que la Palabra se ha cumplido en lo que respecta a los judíos y gentiles. El plan de Dios de la salvación de los hombres, se está cumpliendo no como lo esperaríamos nosotros (ver Romanos 11:33-35); sino como lo ha prometido Dios.

La doctrina de la elección divina es la única explicación adecuada para el alejamiento de los judíos incrédulos y para el acercamiento a la fe de los gentiles. Esto es importante para nosotros, porque en el análisis final, la última explicación para los no creyentes y la fe, es la elección divina. ¿Cómo podemos explicar la incredulidad y el consiguiente juicio de los hombres? La respuesta tiene dos caras. Primero, los hombres se pierden porque no han elegido aceptar la provisión de salvación de Dios, en Jesucristo. Segundo, están perdidos porque Dios no los ha escogido. En Romanos 9, el énfasis de Pablo está puesto en esta segunda razón.

El error de los judíos, que todos los judíos son elegidos y por lo tanto deben ser salvos, estaba basado en su errada suposición que todos los israelitas son escogidos por Dios, el verdadero Dios de Israel. Los judíos conjeturaron que debido a que eran descendientes físicos de Abraham, se les garantizaba un lugar en el reino de Dios. Pablo corrige este concepto errado, informándonos que sólo por el hecho de ser descendiente de Jacob (o Israel), él o ella no es necesariamente un israelita verdadero.62 Tampoco todos los hijos de Abraham son ‘hijos de Dios’.

Si al ser un descendiente físico de Abraham no es la base de nuestra entrada a las bendiciones de la salvación, ¿qué determina quién recibe estas bendiciones? La respuesta es simple: la elección divina. Los ‘hijos de Dios’ son los ‘hijos de la promesa’ (9:8). Dios prometió a Abraham que tendría un hijo y que aún teniéndolo, las promesas de Dios se cumplirían. Ismael no fue aquel hijo. Ismael fue el resultado de los esfuerzos de Abraham y Sara de concebir un hijo por métodos que no eran los que Dios pretendía —una esposa y madre subrrogante, Agar. De estos dos ‘hijos’ de Abraham, sólo uno era el hijo de la promesa —Isaac. Y, por lo tanto, no todos los descendientes de Abraham eran los receptores de las bendiciones prometidas por Dios. Dios eligió a Isaac y rechazó a Ismael. ¿Falló la Palabra de Dios porque eligió a Isaac y rechazó a Ismael? De ninguna manera, porque la promesa de Dios sólo le fue dada a Isaac.

Jacob y no Esaú
(Romanos 9:10-13)

Algunos podrán objetar que el principio de la elección difícilmente se puede establecer en la evidencia de la elección que Dios hizo por Isaac y de Su rechazo a Ismael. Después de todo, estos hijos tuvieron al mismo padre; pero a distintas madres y la madre de Ismael era una concubina. No nos sorprende porqué Ismael fue rechazado e Isaac elegido. Por lo tanto, Pablo señala su segunda ilustración de la elección. La elección de Dios por Jacob y su rechazo a Esaú (versículos 10-13). Estos dos hijos nacieron de los mismos padres e incluso son el producto de la misma unión. Eran mellizos. No hay dos hermanos que pudieran ser más parecidos y aún así, Dios rechazó a uno y escogió al otro.

La elección de Dios de Jacob y no de Esaú, es contraria a todo lo que pudiéramos esperar. Por costumbre, el hijo que nacía primero, recibía la primogenitura y aún así Dios indicó Su elección por el hijo más joven de Rebeca, antes que Jacob y Esaú nacieran:

“Y oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer. Y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová; y le respondió Jehová: Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; el un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor” (Génesis 25:21-23).

Dios señaló Su elección por Jacob por sobre Esaú antes de su nacimiento, sin considerar las obras que cualquiera de ellos hiciera. Algunos insisten en que Dios elige a quien eligen, porque Él sabe de antemano quién le elegirá a Él. Suponen que Dios elige a aquellos que beneficiarán Su obra. Con mucha frecuencia escucho a gente comentar qué dinámica cristiana convendría para que alguien se salvara. Deberían considerar las palabras de Pablo que indican que la elección que Dios hizo por Jacob por sobre Esaú se hizo sin tomar en cuenta lo que podrían hacer, aparte de sus obras. No es que Dios ignorara lo que estos dos harían; más bien Su elección se hizo sin considerar sus obras. Su elección fue una declaración y una demostración de Su soberanía:

“...(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor” (Romanos 9:11-12).

No debemos dejar de notar que cuando Dios eligió a Jacob por sobre Esaú, lo hizo a pesar de la fuerte preferencia que Isaac tenía por Esaú (era Rebeca quien favorecía a Jacob, mientras que Isaac prefería a Esaú, Génesis 27). Antes de comenzar, Jacob fue la elección de Dios y Esaú fue rechazado. Al finalizar, Jacob fue el hijo que recibió las bendiciones de Dios y no Esaú. Para que no pensemos que la elección de Dios por Jacob no incluyera también el rechazo por Esaú, Pablo nos recuerda:

“Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Romanos 9:13).

La soberanía de Dios es demostrada en la elección que hizo de Jacob y el rechazo de Esaú.

Moisés y no Faraón
(Romanos 9:14-18)

“¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia , y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”

Pablo emite una pregunta que espera una respuesta negativa: “¿Qué hay injusticia en Dios?” Si dudamos en la respuesta que se espera (el texto griego lo expresa claramente), la respuesta de Pablo saca toda duda: “En ninguna manera”. Prefiero la antigua traducción de la versión King James: “¡Que Dios no lo permita!” Por supuesto, que Dios está libre de acusación alguna por injusticia. Si esta pregunta presupone una respuesta, también presupone la razón de formular esta pregunta. Pablo está enseñando la elección divina. Dios elige a uno y rechaza a otro y cuando Él elige a alguien para salvación, siempre lo hace cobre la base de la gracia, concedida por Su elección soberana y no sobre la base de las obras. Si Pablo no estuviera enseñando la doctrina de la elección, la pregunta sería inapropiada y ni siquiera merecería una respuesta. Pero Pablo estaba enseñando la elección, que es la razón por la que formula la pregunta sobre la justicia.

¿Cómo entonces puede Dios decidir salvar a un hombre y endurecer a otro sin ser acusado de injusticia? La respuesta es muy sencilla: gracia. La salvación es un asunto de la gracia soberana divina, concedida sobre aquellos que Dios elige como sus receptores. La gracia es algo maravilloso que Dios concede a los pecadores culpables que no son merecedores de las bendiciones de Dios. La justicia está relacionada con lo que la gente recibe lo que merece. Es injusticia cuando un hombre trabaja para su empleador y no se le paga. Es injusticia cuando un criminal culpable no recibe su castigo. Dios no es injusto al condenar a pecadores al tormento eterno, porque están obteniendo precisamente lo que merecen. Más aún, Dios no injusto cuando salva a gente. El castigo para los pecadores a quienes Dios ha salvado, ha sido cargado por el Señor Jesucristo, quien murió en lugar del pecador, trayendo sobre Sí la ira de Dios. Por lo tanto, Dios es justo al condenar a los hombres a cargar la penalidad que merecen y es justo al salvar a los hombres, cuya penalidad ha cargado Cristo.

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:21-26).

Observen el tono de las palabras de Pablo en Romanos 9:14-18. No son apologéticas. Pablo no está dudando en la respuesta. Es valiente y está confiado. Se irrita ante la posibilidad que alguien pudiera sugerir que Dios es injusto con respecto a la elección. No tiene interés en defender a Dios, sino más bien en declarar la soberanía de Dios.

Dios no es injusto en la salvación de los pecadores que merecen la ira eterna de Dios (versículos 15-16). Tampoco es injusto en la condenación de pecadores como el Faraón, cuyo corazón fue endurecido por Dios (versículos 17-18). Moisés y el Faraón son más contemporáneos que se encontraron cara a cara durante el éxodo. Moisés fue el hombre que se ve que estuvo muy próximo a ser Faraón de Egipto. Dios envió fuera a Moisés, indicándole que debía guiar a Su pueblo fuera de los límites de Egipto. Y Dios señaló a Faraón para ser el que se rehusaría a dejar salir al pueblo fuera de los límites de Egipto y cuya resistencia proveería la oportunidad para que se manifestara el poder de Dios, en toda la tierra.

A través de Moisés, Dios desplegó Su gracia. Cuando Dios comenzó a revelar Su gloria a Moisés en Éxodo 13 (cuyo clímax se encuentra en el Capítulo 34), Él declaró que Su misericordia sería otorgada soberanamente a quienes Él quisiera. La razón por la que alguna persona recibió Su gracia, no debía encontrarse en la persona, la receptora de Sus bendiciones, sino en Dios, el que bendice. La gracia es un don no merecido y por lo tanto, debe ser concedido soberanamente, pues nunca seremos merecedores de ella. Si alguien pudiera ser merecedor del favor de Dios (algo que nadie puede), las bendiciones de Dios no serían entregadas sobre la base de la gracia, sino de las obras. Pero por cuanto nadie es merecedor del favor divino, cada una de las bendiciones de Dios es otorgada sobre la base de la gracia, sin otro factor de decisión que la soberana elección de Dios.

Dios habló directamente a Moisés (versículo 15) e indirectamente con el Faraón (a través de Moisés y de las Escrituras) (versículo 17). El Faraón también fue elegido; pero para un rol y destino muy diferentes. Él fue considerado para que el poder de Dios pudiera ser demostrado debido a su oposición contumaz. La victoria de Dios sobre el Faraón, por medio de las plagas y después por medio de la separación del Mar Rojo, fue ampliamente proclamada (ver Éxodo 15:14-16). Dios fue glorificado a través del endurecimiento del corazón del Faraón, de la misma manera que fue glorificado a través de Moisés.

Aquí tenemos una verdad muy importante, que al parecer desconocen varios cristianos. Aparentemente, muchos piensan que Dios sufre un tipo de derrota cuando los pecadores no se arrepienten y no tienen fe en Él. Suponen que Dios sólo es glorificado a través de la salvación de los perdidos y no en la condenación de los pecadores que se resisten tozudamente. De hecho, Dios es glorificado a través de la salvación de los pecadores y de la condenación de los mismos. Dios revela Su misericordia al salvar a los pecadores y Su poder triunfando sobre quienes se oponen a Él. Dios no es avergonzado por quienes lo rechazan. Él no ‘necesita’ salvar hombres para ser glorificados por ellos.

Otra Objeción
(Romanos 9:19-23)

“Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria”

Hay una respuesta para esta pregunta; pero Pablo no la responderá hasta que no haya señalado un punto de mucha importancia. El versículo 19, no es sólo una pregunta; es un insulto porque pone en duda la integridad de Dios. En realidad es una acusación en contra de Dios. No espera recibir una respuesta; da la impresión que al formular la pregunta, Dios será silenciado.

En este Capítulo, Pablo ha estado enseñando la soberanía de Dios. Siglos antes que Pablo viviera, Dios llevó hasta Sus rodillas a un rey babilónico. Este gran rey aprendió algunas lecciones muy importantes acerca de la soberanía. Lo primero que aprendió Nabucodonosor, fue que aunque Dios concede a los hombres cierto grado de soberanía sobre la tierra (ver Daniel 2:37, 9:18ss.), en última instancia, sólo Él es soberano:

“Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron; y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia” (Daniel 4:34-37).

Para la respuesta de Pablo en Romanos 9:2’-21, es esencialmente importante lo que se lee en Daniel 4:35:

“...y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:35).

Soberanía significa que aquel que es soberano está en completo control de todo, está por sobre todo cuestionamiento que pueda hacer algún subordinado. Pablo es muy sensible a este hecho y por lo tanto, reaccionan en forma inmediata, censurando la actitud del que pregunta. ¿Quién es el hombre para cuestionar a Dios? Dios es el Creador y es Su prerrogativa que los hombres usen Su creación de alguna forma. Él elige. Los hombres son Su creación y ellos no tienen derecho alguno a cuestionar a su Creador. Si Dios elige uno de sus vasos para que le dé gloria siendo un vaso preparado para destrucción, es Su derecho. Si Dios elige recibir gloria haciendo que otro vaso sea de misericordia, un vaso que Él salvará, también es Su prerrogativa.

El poder de Dios está demostrado por el derramamiento de Su ira sobre los pecadores, como lo fue durante el Éxodo. La misericordia y la gracia de Dios se demuestran por el derramamiento de Su gracia sobre pecadores que no la merecen, salvándolos a pesar de su pecado. Su atraso en destruir “los vasos de la ira”, es a propósito, permitiéndole tiempo para demostrar Su gracia a “los vasos de misericordia”. Y estos “vasos de misericordia” incluyen a algunos que eran judíos y otros, gentiles.

Gentiles y No Sólo Judíos
(Romanos 9:24-29)

Siempre me asombro la lentitud con que los discípulos (¡y yo también!) comprendieron las enseñanzas del Señor. Incluso después de la muerte, del entierro, de la resurrección y de la ascensión de nuestro Señor, vemos que los apóstoles fueron lentos a abrazar las enseñanzas del Antiguo Testamento y de Jesús, en el Libro de los Hechos. En Hechos 1:8, Jesús les dijo:

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Esto no fue sino una repetición de lo que Jesús ya les había ordenado a Sus discípulos antes de Su muerte:

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:18-20; énfasis del autor).

¿Se dispusieron los discípulos a evangelizar en forma inmediata a los gentiles en el Libro de los Hechos? Ciertamente, no. En realidad, se resistieron. La evangelización de los gentiles se produjo a pesar de los apóstoles, más que debido a ellos —otra evidencia de la soberanía de Dios en la salvación. Tuvo que producirse una intensa persecución para dispersar a los judíos desde Jerusalén (Hechos 8:1ss.). Pedro tuvo que tener una visión dramática y reiterada para que fuera a la casa de Cornelio, un gentil, para predicar el evangelio (ver Hechos 10:1ss.). Y cuando la palabra alcanzó los oídos de los líderes judíos de la iglesia de Jerusalén, Pedro fue llamado y censurado por predicarle a los gentiles (Hechos 11:1-3).

El argumento de Pedro fue muy apremiante. Tuvieron que admitir que Dios también tenía la intención de salvar a los gentiles; pero observen lo que hicieron cuando oyeron esto —nada:

“Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución, que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor” (Hechos 11:15-21)

Si no hubiera sido por ese grupo anónimo de judíos helénicos, que no sabían nada mejor que compartir su fe con los gentiles, la iglesia gentil de Antioquía jamás se hubiera establecido (humanamente hablando, por supuesto).

Cuando llegamos al versículo 24 de Romanos 9, Pablo desea que sus lectores comprendan que la salvación de muchos gentiles y la incredulidad de muchos judíos, no debieran sorprendernos. Ahora, él se refiere al Antiguo Testamento para demostrar que lejos de que las promesas habían fracasado por la fe de los gentiles y por la incredulidad de los judíos, Sus promesas han sido cumplidas:

“…y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, allí serán llamados hijos del Dios viviente. También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo; porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud. Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes. ¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, es decir, la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ellas no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado” (Romanos 9:23-33).

Conclusión

Todos los que Dios elige para ser salvos, son pecadores perdidos, muertos en sus iniquidades y pecados, cautivos no sólo en sus propios pecados, sino que en Satanás mismo, sin ninguna diferencia con aquellos que han pasado una eternidad en el infierno (ver Efesios 2:1-3). Aquellos que Dios salva, no le buscan a Él; son salvos sin considerar si habían buscado lo justo (Romanos 9:30-33). No son salvos por lo que son, por lo que serán o por lo que podrían ser (Romanos 9:11). Han sido escogidos y salvados, no por alguna decisión que hayan hecho; más bien la decisión de confiar en Dios es el resultado de Su obra y no de la del hombre (Juan 1:12; Hechos 13:48; 16:14; Filipenses 1:29; 2:12-13). A través de Su Espíritu, Dios regenera al que está muerto en sus transgresiones y pecados, dándole tanto vida como fe de manera que el individuo es ahora atraído a Él (Juan 6:44) y expresa su fe en Jesucristo para su salvación; una fe que también viene de Dios (Efesios 2:8-9; 1ª Corintios 4:7); es así que la salvación es considerada como la obra de la soberanía de Dios —no de los hombres (Romanos 9:11, 15-16; 11:36; 1ª Corintios 1:30-31; Hebreos 12:2).

¿Se afligen algunos porque Dios elige a algunos y a otros no? ¡No debieran! Cuando Dios elige salvar a alguien, ese alguien nunca lo hubiera elegido a Él. Michael Horton lo describe así:

“Esencialmente, la elección es un acto en el que Dios toma la decisión por nosotros; una decisión que nunca la habríamos hecho por Él”63

Debiéramos estar agradecidos que Dios elige a algunos para ser salvos; de otra forma, nadie podría haber sido salvo. Si Dios miró hacia abajo al corredor del tiempo y eligiera a aquellos que lo hubieran elegido a Él, no hubiera podido elegir a nadie, pues nadie lo hubiera elegido a Él. (ver Romanos 3:10-18).

Si Dios hubiera elegido a aquellos que eran merecedores de Su salvación, no hubiera elegido a nadie. La elección es la prerrogativa de un Dios soberano de elegir a algunos. La elección está basada solamente en la gracia de Dios y no en nuestros propios méritos. La elección es la obra externa de la gracia y el único medio por el cual los pecadores pueden ser salvos. No es una doctrina que deba angustiarnos, sino una doctrina en la cual deberíamos gozarnos. Es la base de la gratitud y de la adoración. Tal como Pablo lo expresó en el Capítulo 12:

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2; énfasis del autor).

La conclusión de los Capítulos 9-11 de Romanos, es no escatimar el reconocimiento de la soberanía de Dios, sino una adoración gozosa de Su soberanía:

“¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:33-36)

La soberanía de Dios es un incentivo para orar por la salvación de los perdidos y una fuente de consuelo cuando alguien rechaza Su ofrecimiento de salvación en Cristo. El saber que Dios es soberano en la salvación, es un gran incentivo para ser testigo, porque sé que Dios cumplirá Su propósito. A pesar de mis fracasos al presentar el evangelio y de la ceguera de aquellos a quien se les predica, Dios es el Único que salva. Mi tarea y la suya en la evangelización, jamás es en vano. Incluso cuando los hombres rechazan el evangelio, Dios es glorificado en la predicación de Su evangelio, crean o no los hombres en esa palabra. Él es glorificado tanto por la salvación de los pecadores como por el castigo eterno de los pecadores.

Por último, los hombres no son salvos porque los hayamos convencido o incluso porque decidieron (ellos primero) creer en Dios. Los hombres son salvos porque Dios los ha elegido, los ha iluminado mediante Su Espíritu para que comprendan el evangelio y los ha llamado eficazmente abriéndoles sus corazones para que respondan al evangelio. ¿A quién consideraría usted que tiene el control del destino eterno de los hombres, a hombres pecadores o a un Dios amante, misericordioso y soberano? ¿A quién clamaría para la salvación de los hombres? Él es un Dios que nos ama y que se deleita en contestar nuestras oraciones. Regocijémonos en que la salvación de nuestros seres queridos está en Sus manos y que podemos suplicarle que los salve. Y cuando nuestros seres queridos rechazan el evangelio, sabemos que Él es capaz de salvarlos. Cuando nuestros seres queridos mueren sin haber llegado a tener fe, sabemos que esto no toma a Dios por sorpresa, sino que es parte de Su gran y eterno plan.

A menudo en nuestra presentación del evangelio, temo que no representamos completamente a Dios y degradamos Su gloria en el cuadro que mostramos a los perdidos. El evangelio no debe ser visto como a Dios suplicando y argumentando desesperadamente para que le elijan. El evangelio es un mandato y así lo debemos proclamar a los pecadores perdidos. Sabemos que no podemos convencer a los hombres de su pecado o hacer que se vuelvan a Cristo; pero Dios puede y lo hace con todos los que Él a elegido. Nunca retratemos a un Dios débil, dependiente de las decisiones de los hombres; más bien debemos proclamar al verdadero Dios, que siempre consigue lo que se propone.

No nos asombra que el evangelio es ofensivo para los pecadores perdidos que quieren pensar que son ‘víctimas de su destino’, los ‘capitanes de sus almas’. No tenemos el control. Los hombres perdidos son pecadores, que han ofendido al Dios recto y santo y que están destinados al infierno eterno. No pueden hacer nada para salvarse a sí mismos. Deben reconocer sus pecados y someterse a la misericordia de Dios para hacerse merecedores en la sangre vertida de Jesucristo, quien pagó la pena por los pecados de los hombres y que ofreció a los pecadores no merecedores, Su justicia. El evangelio es una oferta gloriosa para los pecadores perdidos, quienes saben que no pueden hacer nada por salvarse a sí mismos. El evangelio es una ofensa para los que se creen justos por sí mismos, quienes piensan que pueden salvarse a sí mismos, por sus propios méritos.

¿Ha reconocido usted su pecado y su culpa? ¿Se ha sometido al Dios soberano del universo y ha aceptado Su provisión para su salvación? Yo no puedo convencerlo o convertirlo. Le puedo decir que por sus pecados merece una eternidad en el infierno y que Dios, por Su gracia, ha enviado a Su Hijo Jesucristo, para tomar el lugar del pecador y darle a los hombres Su justicia. Él ha prometido que Su Espíritu convencerá a los pecadores perdidos de su pecado, de Su justicia y del juicio eterno. ¿Se someterá usted a Dios aceptando Su forma de salvación, la única manera de salvación? Oro para que lo haga.

¿Cuál es la Relación entre Regeneración y Creer?

Considere estos pensamientos en la relación entre la regeneración y creer:

Todos los hombres están muertos en sus transgresiones y pecados, indiferentes frente a Dios e incapaces de hacer algo para cambiar su condición (ver Efesios 2:1-3). Los que están muertos en sus transgresiones y pecados, no comprenden a Dios; no tienen en consideración el evangelio ni buscan a Dios. Están destinados a enfrentarse con la ira de Dios, apartados desesperanzadamente de la intervención de la gracia divina.

La regeneración es la obra sobrenatural de Dios, que da vida a los hombres muertos (Efesios 2:5; Tito 3:5).

La fe es un don que da Dios a quienes Su Espíritu Santo ha regenerado, permitiendo así que los elegidos por Él respondan al evangelio, confiando en Jesucristo para su salvación (Efesios 2:8-9).

La regeneración precede al creer. La regeneración es la obra del Espíritu Santo, mediante la cual concede vida al que está espiritualmente muerto. Esta nueva vida es expresada por la fe en la persona y en la obra de Jesucristo. Dios es el que la inicia —la causa inicial— y por lo tanto, la fe del hombre es el resultado de la obra de Dios en el hombre.

Esto significa que la salvación es, por último, obra de Dios. Él es el que la inicia y nosotros respondemos (ver 1ª Juan 4:19). Él es el autor y el que perfeccionador de nuestra fe (Hebreos 12:1-2). Él completará lo que ha comenzado en nosotros (Filipenses 1:6). En consecuencia, vemos que Dios se describe como la fe de los hombres (Hechos 13:48; 16:14).

La otra visión (la incorrecta), es que el hombre actúa primero, confiando en Dios y después Dios responde concediéndole la salvación, en respuesta a la fe del hombre. En este caso, el hombre es la primera causa. El problema con este punto de vista es que se contradice con las Escrituras. Niega la soberanía de Dios y niega la depravación del hombre. ¿Cómo puede un hombre muerto, que odia a Dios y no le busca, repentinamente y por propia iniciativa volverse a Dios con fe? (ver Romanos 3:9-18).

Objeciones a la Soberanía Divina

Existen muchas objeciones a la soberanía divina. Veamos algunas de ellas y ofreceremos respuestas bíblicas:

La elección de Dios está basada en Su preconocimiento [presciencia] y este preconocimiento es el conocimiento de Dios de antemano, de quiénes le elegirán. (Se basan en pasajes como Romanos 8:29, como prueba).

(1) El conocimiento previo se refiere a veces al conocimiento previo que se tiene de alguien. En las Escrituras también se usa como una elección hecha de antemano. Y ‘conocer’, a veces se usa como ‘elegir’ (Génesis 18:19, ver nota marginal; Jeremías 1:5) y ‘conocer de antemano’, a veces significa ‘elegir antes de tiempo’. En Romanos 11:2 y 1ª Pedro 1:20, ‘conocer de antemano’ no puede significar simplemente ‘conocer antes de tiempo’. Debe significar: ‘elegido o seleccionado antes de tiempo’.

(2) Si la elección que hizo Dios de aquellos a quienes Él quería salvar estuviera basada en su conocimiento previo de aquellos que lo elegirían a Él, nadie sería salvo debido a la depravación del hombre (ver Juan 6:37, 44; Romanos 3:9-18). Nadie elegiría a Dios a no ser que Él nos elija primero, regenerándonos y dándonos la fe para responder al evangelio.

(3) Si la elección de Dios estuviera determinada por haberlo elegido a Él nosotros, seríamos los iniciadores de la salvación y Dios quien respondería a ella. Esto contradice a las Escrituras (Hebreos 12:1-2; Filipenses 1:6; etc.) y es inconsistente tanto con la soberanía de Dios como con la naturaleza de la gracia.

(4) Las Escrituras enseñan que Dios es el que inicia la fe y la salvación y no los hombres (Juan 6:44; Hechos 13:48; 16:13; ver también Deuteronomio 30:6; Jeremías 31:31-34).

Y, ¿qué de aquellos textos que llaman al hombre a creer y aquellos que hablan de la elección que hacen los hombres como si fueran Dios?

(1) Los hombres son llamados a arrepentirse y a creer en Jesucristo, para salvarse. Los hombres son salvos por su fe. Todos los que vinieron a Él, los que proclaman el nombre del Señor, serán salvos (Juan 6:37; Romanos 10:13). Pero esta respuesta que es necesaria que los hombres manifiesten, es el resultado de la obra salvadora y soberana de Dios y no su causa (Juan 1:12).

La soberanía divina impide o excluye la responsabilidad humana.

(1) De ninguna manera. La soberanía divina es la base de la responsabilidad humana.

“Muchos han dicho neciamente que es bastante imposible demostrar dónde termina la soberanía de Dios y dónde comienza la responsabilidad de las criaturas. Aquí es donde comienza la responsabilidad humana: en la disposición soberana del Creador. ¡Con respecto a Su soberanía, no existe y jamás existirá un fin!64

“Dios es un caballero y no fuerza a nadie a venir a Él”

(1) Esta declaración expresa una visión retorcida de la soberanía de Dios y de la depravación del hombre. Si Dios no interviniera y no obviara nuestra enfermedad letal de pecado y rebeldía, nadie sería jamás salvo. El evangelio es imposible para el hombre, separado de la intervención divina y la habilitación que Él nos concede. Cuando Dios nos salva, Él permite que los muertos vivan; Él elimina nuestra ceguera espiritual, dándonos visión; Él abre nuestro corazón para responder y Él nos da una nueva naturaleza que es la que Dios desea. Si técnicamente es incorrecto decir que Dios pasa por encima de nuestra voluntad, ciertamente Él cambia nuestra naturaleza y nuestra voluntad.

Sugerencias y Aplicaciones de la Soberanía Divina en la Salvación

El tema de la soberanía de Dios en la salvación, es vitalmente importante:

“Por lo tanto, no es irreverente, inquisitivo o trivial, sino necesaria para los cristianos averiguar si la voluntad [humana] tiene alguna acción o no en los asuntos relacionados con la salvación eterna… Si no sabemos estas cosas, no sabremos absolutamente nada de lo que debemos conocer como cristianos y seremos peores que cualquier incrédulo… Por lo tanto, que todo aquel que no esté de acuerdo con esto, que confiese que no es un cristiano. Pues si ignoro lo que puedo hacer y cuánto puedo hacer con respecto a Dios, será igualmente incierto y desconocido para mí lo que Él puede hacer en mí y cuánto puede hacer en mí… Pero cuando desconozco la obra y el poder de Dios, soy incapaz de adorarle, alabarle, agradecerle y servirle, por cuanto no sé cuánto debo atribuir de mi vida a mí mismo o cuánto a Él. Por lo tanto, nos compete a nosotros tener una certeza en saber las diferencias entre el poder de Dios y el nuestro, entre la obra de Dios y la nuestra, si es que deseamos vivir una vida en Él”65

La soberanía es diametralmente opuesta a todo lo natural y caído que hay en nosotros y es completamente consecuente con lo que la Biblia enseña. Los hombres, en forma natural, rechazan la soberanía de Dios y la reciben sólo en forma sobrenatural. ¿Se resiste usted a ella? No deberíamos sorprendernos. La doctrina de la soberanía de Dios es una doctrina en la que nadie creería en forma natural a no ser que las Escrituras la enseñen claramente y sin que el Espíritu de Dios cambie nuestros corazones para abrazarla. ¿Desea conocer la verdad de este asunto? Estudie las Escrituras y pídale a Dios que le dé comprensión.

“La razón por la que la gente se opone a ella [la elección], se debe a que desean que Dios se cualquier cosa, excepto Dios. Él puede ser un siquiatra cósmico, un pastor útil, un líder, un maestro, cualquier cosa… pero no Dios. Por una razón muy simple —ellos quieren ser Dios”66

“Si despreciamos a Dios por amarnos antes que nosotros le amemos a Él, es una actitud egocéntrica”67

Rechazar o resistir la soberanía de Dios en la salvación, es un asunto muy serio:

“Esta doctrina [la soberanía de Dios], demuestra la irracionalidad y la espantosa maldad de su rechazo de corazón a poseer la soberanía de Dios en este asunto. Demuestra que usted desconoce que Dios es Dios. Si supiera esto, estaría internamente muy quieto y en silencio; humilde y calmadamente se postraría en el polvo delante de un Dios soberano y sería para usted una razón suficiente.

Al objetar y pelear con respecto a la justicia de las leyes de Dios, a Sus amenazas y a las dispensaciones soberanas que Él le concede a usted y a otros, se está oponiendo a Su divinidad; muestra así su ignorancia con relación a Su grandeza y excelencia divinas y que usted no soporta que Él es el que debe recibir la honra divina. Su mente se opone a la soberanía de Dios, a partir de pensamientos tan bajos y ruines que no tiene conciencia de cuán peligrosa puede ser su conducta y de cuánta audacia tiene siendo una criatura que contiende con el Hacedor”68

En la Biblia, la soberanía de Dios no es una verdad negativa, una doctrina problemática que en lo posible debiéramos evitar; es una doctrina positiva que nos anima, nos consuela y nos motiva.

El señor Spurgeon se refirió correctamente en su sermón basado en Mateo 20:15: “No existe atributo más consolador para Sus hijos que la Soberanía de Dios. Bajo las circunstancias más adversas, en los desafíos más severos, ellos creen que la Soberanía ordenó su aflicción, que la Soberanía los domina y que la Soberanía les santificará a todos. No existe otra cosa por la que Sus hijos deban contender más que la doctrina de su Maestro de la creación —la Majestad de Dios sobre toda la obra de Sus manos— el Trono de Dios y Su derecho a sentarse en aquel Trono. Por otra parte, no existe doctrina más odiada por los mundanos, no existe otra verdad de la cual hayan hecho un juego, como la grande, estupenda; pero más verdadera que la doctrina de la Soberanía del infinito Jehová. Los hombres aceptarán que Dios esté en todas partes, excepto en Su trono. Le permitirán estar en los lugares en que se le adore con palabras de moda y exuberantes. Le permitirán estar en donde se dan las limosnas para que Él las conceda y entregue Su gracia. Le permitirán sostener la tierra y sus pilares, o las luces del cielo, o regir sobre las olas del océano; pero cuando Dios asciende a Su trono, entonces Sus criaturas hacen rechinar sus dientes y cuando proclamamos a un Dios entronado y Su derecho a hacer como Él quiere con lo que es Suyo, a disponer de Sus criaturas de la forma como Él quiere, sin consultarles, entonces es cuando somos silbados y detestados y entonces es cuando los hombres se vuelven sordos, pues Dios en Su trono no es el Dios que aman. Pero a nosotros nos encanta predicar sobre el Dios que está en Su trono. Es en el Dios sentado en Su trono en quien confiamos”69

Preguntas para Examinar con Relación a la Soberanía de Dios en la Salvación

¿Por qué cree que los hombres se resisten o rechazan la doctrina de la soberanía de Dios en la Salvación? ¿Por qué los cristianos resisten o rechazan la soberanía de Dios en la salvación, en circunstancias que la aceptan en otros ámbitos?

¿Cuál es la relación entre la soberanía de Dios en la salvación y la gracia? ¿Entre la soberanía de Dios en la salvación y la depravación humana? ¿Por qué la gracia de Dios debe ser una gracia soberana?

¿Cómo afecta al evangelio la soberanía de Dios en la salvación? ¿Cómo afecta al evangelio la depravación del hombre y su resistencia a la soberanía de Dios en la Salvación? [En otras palabras, ¿cómo podría obtener el evangelio el hombre natural o no salvo de otra forma?]

¿Cómo cree que le ayudó a Pablo (tal como está descrita en Hechos 9, 22, 26) su conversión a tratar el tema de la soberanía de Dios en la salvación?

¿Cómo debiera afectar nuestras oraciones por los que están perdidos, el punto de vista bíblico de la soberanía de Dios en la salvación? ¿Nuestra motivación por la evangelización? ¿Nuestros métodos de evangelización? ¿El mensaje que proclamamos en la evangelización?

La soberanía de Dios en la salvación, ¿significa que usted sea uno de los no elegidos y que podría no serlo incluso deseándolo? ¿Significa que nunca podremos saber si somos salvos, por cuanto la salvación depende de Dios y no de nosotros?

Citas Citables

“Las Escrituras dan muchos ejemplos de la libertad de Dios en la gracia selectiva. Cerca de un estanque en Jerusalén, ser reunía “una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos” (Juan 3:5). Así, Cristo se hace lugar entre la gente y se acerca a un hombre —sólo una persona— y le sana de su parálisis. Ahora bien, debemos comprender que este era un lugar habitual para mucha gente que tenían la esperanza en que cada día era su día para que se hiciera el milagro. Podríamos pensar que había algún tipo de turno para ser sanado; pero Jesús sólo trató de sanar ese día, a una sola persona. ¿Por qué no los sanó a todos? Podría haberlo hecho; tenía el poder. Pero no lo hizo. Sin embargo, sigo oyendo en cuán injusto fue que Jesús sanara a sólo un hombre que estaba cerca del estanque ese día. ¿Por qué la elección tiene que ser diferente en el ámbito de nuestra salvación?”70

“En la elección, llegamos hasta el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; el Dios del desierto; el Dios de la encarnación, de la muerte y de la resurrección de Cristo; el Dios que es todo menos una deidad frustrada que ‘no tiene otras manos, sino las nuestras’ y debe caminar por los suelos del cielo mientras hace sonar sus dedos esperando que los hombres ‘le permitan hacer como Él quiere’. Este es el Dios que es todo menos un copiloto. ‘Dios resiste a los soberbios, y da gracias a los humildes’ (Santiago 4:6)”71

“Podrían estar pensando: ‘Elección y evangelismo —¿en el mismo saco? ¡Se me ha dicho que son mutuamente excluyentes! Pero honestamente puedo decir que el evangelismo nunca significó lo que realmente es después de haber comprendido la elección. Compartir la fe con los no creyentes, ha llegado a ser una carga para muchos y también lo fue para mí, hasta que esta verdad cambió mi manera de pensar. La elección cambia nuestro evangelismo en tres niveles: nuestro mensaje, nuestros métodos y nuestra motivación”72

“Pero puede ser objetada. ¿No leemos una y otra vez en las Escrituras cómo los hombres desafiaron a Dios, resistieron Su voluntad, quebrantaron Sus mandamientos, no consideraron Sus advertencias y se volvieron sordos a todas Sus exhortaciones? Ciertamente lo hemos leído. ¿Y esto anula todo lo que hemos dicho antes? Si es así, entonces ciertamente la Biblia se contradice a sí misma. Pero esto no puede ser. A lo que se refiere el que objeta, es simplemente la maldad del hombre hacia la palabra externa de Dios, mientras que lo que hemos mencionado antes es lo que Dios se ha propuesto a Sí mismo. La regla de conducta que Él nos ha dado, está perfectamente incumplida por todos nosotros; Sus propios ‘consejos’ eternos se han cumplido hasta en los detalles más mínimos”73

“Estando infinitamente elevado por sobre la criatura más alta, Él es el Altísimo, Señor de los cielos y de la tierra. Sin estar sujeto a nadie, absolutamente independiente; Dios obra como Él quiere y sólo como Él quiere y siempre como Él quiere. Nadie puede obstruirlo; nadie puede esconderse de Él. Es así que Su propia Palabra lo declara expresamente: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10); “…y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano…” (Daniel 4:35b). La soberanía divina significa que Dios es Dios tanto de hecho como de nombre, que Él es el que está en el Trono del universo, dirigiendo todas las cosas, obrando en todas las cosas “según el designio de su voluntad” (Efesios 4:11b)”74

“Esta doctrina [la soberanía de Dios], demuestra la irracionalidad y la espantosa maldad de su rechazo de corazón a poseer la soberanía de Dios en este asunto. Demuestra que usted desconoce que Dios es Dios. Si supiera esto, estaría internamente muy quieto y en silencio; humilde y calmadamente se postraría en el polvo delante de un Dios soberano y sería para usted una razón suficiente.

Lo más insanamente osado que un hombre puede hacer, lo más excesivamente necio que un puede hacer, la cosa más desesperadamente malvado que un hombre puede hacer, es replicarle a Dios, entrar en controversias con Dios, criticar a Dios, condenar a Dios. Pero eso es lo mucha gente está haciendo”75

“¿Qué somos todos nosotros? Viles —el mejor de nosotros, no es más que un repugnante pecador. Es posible que aún no estemos conscientes de ello; pero es verdad. Nuestras vidas han sido penetradas una y otra vez por el pecado. Aún así usted pretende estar ante la presencia de este Dios Santo, en cuya presencia los serafines se cubren sus rostros y sus pies, contendiendo con Él sugiriéndole lo que debe hacer; entra en controversia con Él, le critica las cosas que Él ha hecho y que ha resuelto que son las que deben ser y murmura contra Dios”76

“Él es… un Ser de sabiduría infinita. Miramos hacia los cielos estrellados que están sobre nuestras cabezas, miramos esos hermosos mundos de luz que repletan los cielos en la noche. Pensamos en las cosas que nos abruman por su inmensidad y en la increíble velocidad de sus movimientos al cruzar el espacio y mientras los observamos, como si fuésemos sabios, exclamamos: ‘Oh, Dios, qué Ser de más infinita sabiduría y majestad eres, que puedes guiar esos mundos inconcebiblemente enormes mientras cruzan el espacio con tal increíble velocidad’”

“Y aún así, muchos de ustedes que está aquí esta noche, no dudan mirar al Dios infinito quien hizo estas magníficas esferas de luz, que guían a todo el universo en su curso maravilloso, estupendo y que nos deja perplejos, ¡e intentan decirle lo que debe hacer! Necios, ¿estáis locos? Ningún paciente de algún manicomio haría algo más insano que eso. ‘¿Quiénes sois?’ El hombre más sabio de la tierra, no es más que un niño; el filósofo más sabio no sabe tanto; el hombre de ciencia más grande no sabe casi nada. Lo que sabe es casi nada comparado con lo que no sabe. Lo que sabe, incluso acerca del universo material, es como nada comparado con lo que no sabe”77

“Supongamos que algunos niños de trece o catorce años, deben tomar un libro de filosofía que trata el último producto del mejor pensamiento filosófico de hoy día y comienza a criticarlo, página por página. ¿Qué pensaríamos? ¿Nos detendríamos a mirar al niño y decir con admiración ilimitada: ‘Qué muchacho tan inteligente’? No, diríamos: ‘¡Qué idiota más vanidoso este muchacho, que se atreve a su edad a criticar el mejor pensamiento filosófico de nuestros días!’ Pero no es tan idiota como usted o como yo cuando intentamos criticar a un Dios infinitamente sabio, pues somos mucho menos que niños comparados con el Dios infinito.

El filósofo más profundo de nuestros días, no es sino un niño comparado con el Dios Infinito. E incluso ustedes, que no tienen en absoluto alguna pretensión de ser filósofos, toman el Libro de Dios, ustedes como niños, como infantes, toman este Libro que representa la mejor sabiduría de Dios, se sientan, vuelven las páginas una a una y pretenden criticarlo y la gente se para a vuestro lado con admiración y dicen: ‘¡Qué conocimientos!’ Pero los ángeles miran hacia abajo y dicen: ‘¡Qué necio!’ Y, ¿qué dice Dios? “Oh, hombre, ¿quién eres que altercas con Dios? El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Salmo 2:4)”78

“Nunca se le ha ocurrido a alguien que incluso Dios podía por alguna posibilidad, saber más que ellos. Tampoco se me ocurrió a mí durante años en los cuales yo era un universalista. Pensaba que todos los hombres al final, serían salvos. Eran un universalista porque tenía un argumento para la salvación última de todos los hombres, al que pensaba jamás podrían destruir. Pensaba que si yo no tenía una respuesta, porqué nadie la tenía. Por lo tanto, desafié a cualquiera a responderme ese argumento. Iba dando vueltas por allí con mi preciosa y altiva cabeza, diciendo: ‘He encontrado una razón incontestable para el universalismo’. Pensé que era un universalista para siempre y que cualquiera que no lo fuera, era porque no estaba en sus cabales.

Un día se me ocurrió que un Dios infinitamente sabio, podía saber más que yo. Lo que nunca se me había ocurrido pensar antes. También pensé que era bastante posible que un Dios de infinita sabiduría podría tener miles de buenas razones para hacer alguna cosa mientras que yo, en mi infinita necedad, ni siquiera tenía una. Y fue entonces cuando mi querido y acariciado universalismo, se transformó en humo.

Si aceptamos y comprendemos el pensamiento que es posible que un Dios infinitamente sabio sabe más que nosotros y que Dios en su infinita sabiduría pudiera tener mil buenas razones para hacer algo en circunstancias que nosotros no tenemos ni siquiera una, habremos aprendido una de las verdades teológicas más grandes del día —una que resolverá muchos de los problemas de la Biblia que nos dejan perplejos.

Los hombres pretenden tener una sabiduría infinita y fantasean que pueden hacer uso de ella de acuerdo a las capacidades limitadas de sus mentes. Pero debido a que son incapaces de llegar a esa sabiduría infinita en sus mentes estrechas, dicen: ‘No creo que es Libro sea la Palabra de Dios, porque no hay nada en él que me impida comprender su filosofía’. ¿Por qué tenemos que comprender su filosofía? ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el tamaño de nuestras mentes? ¿Por cuánto tiempo la hemos tenido? ¿Por cuánto tiempo la mantendremos? ¿Quién nos la dio?”79

“No es de nuestra incumbencia conocer la filosofía de las cosas; no es de nuestra incumbencia conocer la razón de las cosas. Sí lo es oir lo que Dios tiene que decir y cuando lo dice, creer en ello, ya sea que comprendamos Su filosofía o no”80

“Existe una clase más de hombres que altercan con Dios; los hombres que en vez de aceptar a Jesucristo como su Salvador y rendirse ante él como Señor y Maestro, confesándose abiertamente frente a él de la misma manera que lo hacen frente al mundo, están dando excusas por no hacerlo. Jesús dice en Juan 6:37: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera”. Dios dice en Apocalipsis 22:17: “…y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”. Cualquiera puede ir a Cristo y cualquiera que lo hace, será recibido y será salvo. Pero muchos de ustedes, en lugar de ir, dan excusas para no hacerlo. En toda excusa que se haga para no hacerlo, estará entrando en controversia con Dios, estará condenando a Dios, quien le está invitando. No podemos esgrimir alguna excusa por no ir y aceptar a Dios, que no esté condenando a Dios. Cada excusa que cualquier mortal haga para no aceptar a Cristo, en su último análisis, condena a Dios”81


57 Martín Lutero, The Bondage of the Will (Philadelphia: Westminster, 1975), p. 117, de acuerdo a lo citado por Michael Scott Horton, Putting Back Into Grace (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1991), p. 60.

58 Charles Haddon Spurgeon, The New Park Street Pulpit, vol. 4 (mensaje predicado el 1º Agosto de 1858, en el Music Hall, Royal Surrey Gardens, de acuerdo a lo citado por Warren Wiersbe, Classic Sermons on the Sovereignity of God (Grand Rapids: Kregel Publications, 1994), pp. 114-115.

59 Spurgeon, de acuerdo a lo citado por Wiersbe, pp. 116-117

60 También debemos recordar que Satanás tiene su parte en la incredulidad de los perdidos, pues él está siempre intentando apartar a los hombres del evangelio (Marcos 4:3-4, 13-14), enceguecer a los hombres frente al evangelio (2ª Corintios 4:3-4) y también por corromper y distorsionar el evangelio (2ª Corintios 11:14; 13-15).

61 Juan Bautista reconoció y consignó el error, cuando les dijo a los escribas y a los fariseos: “…y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aún de estas piedras” (Mateo 3:9).

62 En ningún otro lugar, Pablo explica que un verdadero israelita es un hijo de Dios por fe en Cristo, ya sea judío o gentil (ver Romanos 4:16-17; Gálatas 6:16). A propósito, en Romanos 4, Pablo señala que Abraham era en realidad un gentil (incircunciso) cuando llego a ser un creyente (ver 4:10-12).

63 Michael Scott Horton, Putting Amazing Back Into Grace, p. 45.

64 A.W. Pink, The Attributes of God, p. 29.

65 Martín Lutero, The Bondage of the Will (Philadelphia: Westminster, 1975), p. 117, según cita de Michael Scott Horton, Putting Amazing Back Into Grace (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1991), p. 60.

66 D. James Kennedy, Truths That Transform (Old Tappan, NJ: Revell, 1974), según cita de Michael S. Horton, Putting Amazing Back Into Grace (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1991), p. 43.

67 Michael Horton, p. 45.

68 Jonathan Edwards, tomado de The Words of Jonathan Edwards (vol. 2, 1976), publicado por Banner of Truth Trust, según cita de Warren Wiersbe, Classic Sermons on The Sovereignity of God (Grand Rapids: Kregel Publications, 1994), p.107.

69 A.W. Pink, The Attributes of God, p. 27.

70 Horton, p. 59.

71 Michael Horton, Putting The Amazing Back Into Grace, pp. 58-59.

72 Horton, p. 66.

73 Pink, p. 25.

74 Pink, p. 27.

75 Torrey, Wiersby, p. 45.

76 Torrey, p. 47.

77 Torrey, p. 48.

78 Torrey, p. 49.

79 Torrey, p. 57.

80 Torrey, p. 58.

81 Torrey, p. 58.

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