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El Nacimiento de Jesucristo

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Prefacio

El siguiente, forma parte de una breve serie de artículos devocionales relativos al nacimiento de Cristo. Para algunos, tales materiales difícilmente son devocionales debido al enfoque primordialmente histórico de éstos. Pero debemos tener presente que el Jesús al que adoramos realmente nació en una historia tiempo-espacial. Y ese bebé en el pesebre fue realmente crucificado—tan cierto como que se levantó de entre los muertos. La Biblia es diferente a los libros sagrados de otras religiones porque te invita a una investigación histórica. Y cuando ha pasado la prueba—como segura e inevitablemente lo hará—inculca una mayor devoción en el corazón del creyente por aquel a quien llamamos el Hijo de Dios.

El Año en que Jesús Nació

En el hemisferio occidental, dividimos el tiempo por el nacimiento de Jesucristo. Pero, ¿realmente vivió siquiera? Si así fuera, ¿cuándo nació?

Algún tiempo atrás, entablé una conversación con un hombre que afirmaba que Dios no existía. Él era un ateo. Pero no era un ateo a medias, si me comprende. ¡También aseguraba que Jesucristo nunca existió! Este hombre era muy tenaz.

Ahora bien, mi amigo ateo poseía una fe increíble—fe ciega, debo agregar. De hecho, su fervor religioso pondría a muchos evangelistas en evidencia. Pero la evidencia de que Jesucristo invadió la historia no sólo se limita al testimonio del Nuevo Testamento— ¡por irrefutable que esto sea! Los mismos enemigos del Cristianismo afirman que él vivió— ¡y que efectuó milagros! Documentos judíos primitivos como el Mishnah e, incluso, Josefo—como asimismo historiadores gentiles del primer siglo—como Talo, Serapio y Tácito—todos atestiguan que el llamado Cristo habitó en Palestina y murió bajo Poncio Pilato. Como señala el erudito británico, F. F. Bruce, "La historicidad de Cristo es tan axiomática (evidente)… como la historicidad de Julio César" (¿Son Fidedignos Los Documentos Del Nuevo Testamento?, 119).

Lo que lógicamente procede es que si Jesucristo vivió (¿es necesario decirlo?), debió haber nacido. Los Evangelios nos relatan que su nacimiento sucedió poco antes de la muerte de Herodes el Grande.

Josefo registra un eclipse lunar justo antes del fallecimiento de Herodes. Esto ocurrió el 12 ó 13 de marzo de 4 a.C. Josefo también nos narra que Herodes expiró justo antes de la Pascua. Esta festividad tuvo lugar el 11 de abril del mismo año, 4 a.C. A partir de otros detalles aportados por Josefo, podemos precisar que el fallecimiento de Herodes el Grande aconteció entre el 29 de marzo y el 4 de abril de 4 a.C.

Podría sonar extraño sugerir que Jesucristo nació a más tardar el 4 a.C., puesto que a.C. significa “antes de Cristo”. Pero nuestro calendario moderno, que divide el tiempo en a.C y d.C, no se inventó hasta el 525 d.C. En ese tiempo, el Papa Juan I solicitó a un monje llamado Dionisio que preparara un calendario estandarizado para la Iglesia occidental. ¡Para mala fortuna, el pobre Dionisio falló en la división real entre a.C. y d.C. por al menos cuatro años!

Ahora bien, Mateo nos cuenta que Herodes mató a todos los niños menores de dos años que había en Belén. Lo más pronto que Jesús pudo haber nacido, por lo tanto, es el 6 a.C. Por medio de una variedad de otros indicadores de tiempo, podemos estar relativamente confiados en que el llamado Mesías nació o a fines del 5 ó a principios del 4 a.C.

Mi amigo ateo se burla ante tal flexibilidad. Él dice, “Si no sabes con exactitud cuándo nació Jesús, ¿cómo sabes que él realmente existió?” ¡Ésa difícilmente es una pregunta razonable! El otro día llamé a mi madre para desearle un feliz cumpleaños. “Mamá, ¿cuántas velas serán en esta torta de cumpleaños?”, le pregunté. “No lo sé, hijo—ya no llevo la cuenta”, me susurró. Luego de unos minutos de una conversación amena, colgamos el teléfono.

Ahora, no puedo asegurarlo, por supuesto, pero creo que era mi madre quien estaba al teléfono. Ella no logra recordar cuántos años tiene (y no es senil ni muy anciana), pero eso no la hace un producto de mi imaginación, ¿o sí? Porque si ella fuera sólo un fantasma, entonces durante los últimos tres minutos, ¡estarías leyendo absolutamente nada!

El Día en que Jesús Nació

El 25 de diciembre próximo, muchos padres mentirán a sus hijos acerca del viejo Santa. Algunos de nosotros estaremos celebrando el nacimiento de nuestro Salvador. Pero, ¿realmente nació en este día?

¿Nació Jesús realmente un 25 de diciembre? Prácticamente, cada mes en el calendario ha sido propuesto por los eruditos bíblicos. Entonces, ¿por qué celebramos su nacimiento en diciembre?

La tradición del 25 de diciembre es en realidad bastante antigua. Hipólito, en el siglo segundo d.C., afirmó que éste era el cumpleaños de Cristo. Mientras tanto, en la Iglesia oriental, el 6 de enero fue la fecha seguida.

Pero en el siglo cuarto, Juan Crisóstomo sostuvo que el 25 de diciembre era la fecha correcta y desde ese día hasta ahora, tanto la Iglesia del Este como la del Oeste, han celebrado el 25 de diciembre como la fecha oficial del nacimiento de Cristo.

En los tiempos que corren, la fecha tradicional ha sido cuestionada. Eruditos modernos apuntan que cuando Jesús nació, pastores cuidaban de sus ovejas en las montañas que rodean Belén. Lucas nos narra que un ángel se les presentó a unos “pastores que estaban en el campo, cuidando sus rebaños durante las vigilias de la noche” (2:8).

Algunos eruditos estiman que las ovejas eran usualmente traídas bajo techo desde noviembre hasta marzo; como asimismo, no se encontraban normalmente en el campo por la noche. Pero no hay evidencias irrefutables al respecto. De hecho, fuentes judías primitivas sugieren que las ovejas en los alrededores de Belén se encontraban al exterior durante todo el año. Como puede ver, el 25 de diciembre encaja bien tanto en la narrativa tradicional como en la bíblica. No hay objeción válida en el caso.

Se debe admitir que las ovejas alrededor de Belén eran la excepción y no la regla general. Pero éstas no eran ovejas comunes. Eran ovejas expiatorias. A comienzos de la primavera serían sacrificadas para la Pascua.

Y Dios primero revelaría el nacimiento del Mesías a estos pastores—pastores que cuidaban inofensivos corderos que pronto morirán en lugar de hombres pecadores. Cuando vieron al niño, ¿pudieron haberlo sabido? ¿Habrán susurrado en sus corazones como Juan el Bautista luego clamara, “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”

Ahora, por cierto, no podemos estar absolutamente seguros del día del nacimiento de Cristo. Por lo menos, antes de llegar al cielo. Pero una fecha cercana a principios de invierno pareciera una buena aproximación. Y el 25 de diciembre ha llevado la delantera por dieciocho siglos. Sin más evidencia, no hay razón alguna para cambiar ahora la fecha de la celebración.

Podemos culpar a la iglesia primitiva de gran parte de nuestra incertidumbre. Como verá, ellos no celebraban el nacimiento de Cristo. En lo absoluto. Para ellos, era irrelevante. Ellos estaban más interesados en su muerte… y resurrección.

Pero el Hombre moderno ha cambiado eso. Un niño en un pesebre es inofensivo, no intimida. Pero un hombre muriendo en una cruz—un hombre que afirma ser Dios—¡ese hombre es una amenaza! ¡Él exige nuestra fidelidad! No podemos ignorarle. Debemos aceptarle o rechazarle. No nos deja en medio terreno.

Esta Navidad, mire detenidamente la escena del nacimiento una vez más. No vea todo de color de rosa—huela el aire fétido, vea los fríos y temblorosos animales. Ellos representan el sistema sacrificatorio del Antiguo Testamento. Ellos son emblemas de la muerte. Pero son apenas unas sombras del Niño que estaba entre ellos. Él nació para morir… para que todo aquel que en Él cree, pueda vivir.

La Visita de los Magos

Cuando Jesucristo nació, unos hombres—conocidos como magos—vinieron del oriente a adorarle. ¿Eran estos hombres, sabios… o astrólogos?

Mateo comienza su segundo capítulo con las siguientes palabras: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ‘¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.’”

¿Quiénes eran estos hombres sabios de oriente? Mateo nos narra poco y nada sobre ellos—no menciona sus nombres, ni cuántos eran—ni de qué país provenían. Tan misteriosamente como entran a escena, asimismo desaparecen…

Aunque Mateo no nos dice mucho, cristianos sobre entusiastas a lo largo de la historia de la iglesia, dogmáticamente han llenado los vacíos. Durante el siglo 6 d.C., a estos misteriosos desconocidos se les otorgaron tronos y nombres. Gaspar, Melchor y Baltasar fueron los supuestos nombres de estos supuestos reyes. Pero esto no guarda relación alguna con el relato bíblico: realmente no conocemos sus nombres—ni tampoco el número de ellos. Hasta donde sabemos, ¡pudieron haber sido 3 ó 300! Pero una cosa sí sabemos con certeza: no eran de la realeza. Los magos antiguos eran consejeros religiosos y políticos de los reyes de oriente—pero no había ni una gota de sangre azul en ellos.

Pero, ¿no es cierto que los magos eran astrólogos? Y, ¿Dios en el Antiguo Testamento no había decretado la muerte para los astrólogos? Las respuestas son “no siempre” y “sí”. En Deuteronomio 17, Dios ordena a su pueblo a ejecutar a todos los astrólogos, apedreándolos. ¡Jean Dixon no hubiere tenido posibilidad alguna en una teocracia así! El hecho de que ella—y otros como ella—sean tan fácilmente tolerados—¡incluso muy respetados!—en el Estados Unidos actual, nos demuestra que este es un país post-cristiano—en el mejor de los casos.

Pero, ¿qué de estos magos antiguos? ¿Eran astrólogos? Después de todo, siguieron una estrella hasta Belén.

Podemos responder de tres maneras: Primero, no todos los magos eran astrólogos, pues el profeta Daniel fue el jefe supremo de todos los sabios (magos) en la corte de Nabucodonosor. A través de su influencia, sin duda, muchos de los sabios continuaron sus deberes religiosos y políticos como adoradores del único y verdadero Dios.

Segundo, algunos eruditos bíblicos creen que Isaías predijo que una estrella aparecería cuando naciera el Mesías. Si esta interpretación fuere correcta, entonces los magos que adoraron al rey recién nacido claramente la estaban siguiendo como recibieron de Daniel, pues probablemente él les enseñó de Isaías.

Tercero, aún cuando muy pocos creen que esa “estrella” se tratara de un fenómeno natural—como una conjunción entre Saturno y Jupiter—esto no explica cómo la estrella se posó justo sobre Belén. Claramente, la “estrella” tuvo un origen sobrenatural. De ser así, probablemente no tuvo nada que ver con la astrología.

Por lo tanto, con seguridad los magos no adherían a tales disparates supersticiosos. De ser así, realmente eran hombres sabios

El otro día vi una calcomanía en un auto que decía: “Los hombres sabios aún lo buscan”. En realidad, eso no es tan cierto. La Biblia nos dice que “no hay quien busque a Dios, ni aun uno”. Pero si Él nos ha llevado a sí mismo, entonces somos sabios. Porque lo cierto es que “los hombres sabios aún le adoran”.

Los Niños de Belén

Una de las atrocidades más nefastas en la historia de la Humanidad fue la matanza de los niños de Belén por Herodes el Grande. Pero, ¿sucedió realmente?

En el segundo capítulo del Evangelio según Mateo, leemos que cuando Herodes el Grande oyó acerca del nacimiento del Mesías, “se turbo, y toda Jerusalén con él”. Más tarde, cuando los magos no regresaron a informar, él se enojó mucho, ¡y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y todos sus alrededores!

Tres preguntas me nacen al considerar este cruel incidente: Primero, ¿cuántos niños efectivamente asesinó Herodes? Segundo, ¿cuántos años tenía Jesús cuando esto aconteció? Y, finalmente, ¿por qué ningún otro historiador antiguo registra esta barbaridad? En otras palabras, ¿sucedió realmente?

¿Cuántos niños asesinó Herodes? ¡Algunos eruditos sugieren al menos 200! Pero muchos rechazan ese número. Belén era una pequeña comunidad—casi un suburbio de Jerusalén. La aldea misma—y los campos aledaños—difícilmente tendrían más de 30 infantes menores de 2 años. Muchos eruditos hoy calculan entre 20 y 30.

Pero sería sólo si hubieren matado a los niños varones. En realidad, el texto griego de Mateo 2:16 podría significar “niños”—no sólo “niños varones”. Y, psicológicamente, los subordinados de Herodes no se habrán molestado en verificar el sexo de sus víctimas. El número podría llegar hasta 50 ó 60.

Segundo, ¿cuántos años tenía Jesús cuando esto aconteció? Según la mejor evidencia cronológica, no debía haber tenido más de tres o cuatro meses de edad. Seguramente, habrá nacido en el invierno del 5 ó 4 a.C.—Herodes falleció a comienzos de la primavera del 4 a.C. Entonces, ¿por qué Herodes mató a todos los niños menores de dos años? La respuesta a la tercera pregunta, podría ayudar a responder ésta…

Tercero, ¿por qué este evento no se registra fuera de la Biblia? Particularmente, ¿por qué Josefo, el historiador judío del primer siglo, no lo menciona?

Josefo nos relata bastante acerca de Herodes. La frase que describe mejor su reinado es “excesiva destrucción”. Él asesinó al padre de su mujer favorita, ahogó al hermano de ella—e, incluso, ¡la mató a ella! Ejecutó a uno de sus amigos de mayor confianza, a su barbero, y a 300 líderes militares--¡todo como si nada! Luego, mató a tres de sus hijos, supuestamente por sospecha de traición. Josefo nos cuenta que “Herodes inflingió tales atrocidades en contra (de los judíos) que ni siquiera una bestia podría cometerlas si poseyera el poder de gobernar sobre los hombres” (Antigüedades de los Judíos 17:310). Matar niños no estaba ajeno al carácter de este cruel rey. Y matarlos hasta los dos años de edad—para asegurarse de llegar al niño Jesús—se alinea con su descabellada envidia por el poder.

Josefo pudo haber omitido la matanza de los niños por una de dos razones: primero, no era amigo del Cristianismo y lo dejó afuera intencionalmente; o, segundo, justo antes de morir, Herodes encerró cerca de 3000 ciudadanos líderes de la nación y ordenó que fueran ejecutados a la hora de su muerte. Y así asegurarse que hubiera luto cuando muriera… Israel estaba tan absorto con esto que una matanza clandestina de unos pocos niños pudo haber pasado desapercibida…

Herodes pensó que había logrado la victoria sobre el rey de los judíos. Sin embargo, esto no fue más que un presagio de la victoria que Satanás pensó que él tenía cuando Jesús yació muerto sobre la cruz romana. ¡Pero la tumba vacía demostró que aquel viernes negro fue la peor derrota de Satanás!

Conclusión

En este breve estudio, hemos analizado varios aspectos sobre el nacimiento de Jesucristo. Ahora, queremos unirlo todo.

En el invierno del 5 ó 4 a.C., Dios invadió la historia al tomar la forma de un hombre. Nació en un pueblito justo al sur de Jerusalén. Belén, que significa “casa de pan”, de hecho se hizo digna de su nombre una solitaria noche de invierno. Porque allí, en ese pueblo, nació el Pan de Vida…

Su madre puso al niño rey en un pesebre—o comedero—porque no había lugar en el mesón en que alojarían. El nacimiento de este rey fue celebrado aquella noche solo por su madre, su marido y un puñado de pastores. Los pastores habían estado en los campos aledaños a Belén, guardando los corderos que habrían de morir la próxima Pascua. Se les presentó un ángel que les anunció el nacimiento: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11). En su fe sencilla, se apresuraron a ver el rey recién nacido.

Al poco tiempo del nacimiento del Mesías, unos magos del oriente llegaron a Jerusalén y preguntaron al rey Herodes dónde habría de nacer el verdadero rey de los judíos. Los teólogos de la corte de Herodes conocían muy bien las Escrituras—en “Belén”, le relataron. Irónicamente, a pesar de que conocían las Escrituras, ¡no las creían! Ni siquiera se molestaron en viajar las cinco o seis millas hacia Belén para ver a su Mesías.

¡Pero Herodes creía en las Escrituras! Por eso envió un grupo de carniceros a Belén para matar niños inocentes, con la esperanza de destruir a este rival de su trono. Pero fue muy tarde. Los magos habían ido y venido, y Jesús ya se encontraba a salvo en Egipto.

Y los magos creían en las Escrituras. Habían viajado varios cientos de millas a adorar a este Niño. Fueron guiados hacia Belén por un fenómeno celestial sobrenatural—y por las Escrituras. Aparentemente, sus ancestros habían sido instruidos por el profeta Daniel acerca del Mesías venidero… Cuando vieron al niño, se postraron y le adoraron. Este era Dios hecho carne. No había otra cosa que pudieran hacer.

Y le ofrecieron presentes—oro, incienso y mirra. Estos eran regalos inusuales—bajo cualquier punto de vista. Por supuesto, todos podemos comprender el oro—pero el incienso y la mirra fueron curiosos. Tal vez habían leído la profecía de Isaías que “Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento… Traerán oro e incienso y publicarán alabanzas de Jehová…” (Isa. 60:3, 6). Esto explica el incienso, pero no la mirra.

La mirra, como el incienso, era un perfume. Pero, a diferencia del incienso, la mirra olía a muerte. En la antigüedad, se ocupaba para embalsamar un cadáver. Jesús mismo sería embalsamado con este perfume (cf. Juan 19:39).

Si los magos estaban pensando en la muerte de Jesús cuando le trajeron mirra, sin duda lo sabían por la profecía de Daniel (9:24-27). En el capítulo noveno de Daniel leemos que “se quitará la vida del Mesías” y esto para “expiar la iniquidad” y “para traer la justicia perdurable” (9:26, 24).

Incluso en el nacimiento de nuestro Salvador, la sombra de la cruz se deja caer sobre su rostro...

Los teólogos de la corte de Herodes no creían en las Escrituras. Fueron unos necios. Herodes creía, pero desobedeció. Fue un loco. Los sencillos pastores y los majestuosos magos creyeron en este niño Salvador—y les fue contado para justicia. Que nosotros sigamos por ese camino.

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